miércoles, julio 13, 2005

Novelización: La muerte perfecta

La sirena de la base comienza a sonar con el estridente ruido desacompasado con el que avisa de enemigos sobre nuestro espacio aéreo. Todas las luces de la base cambian a rojo, y el resultado es el mismo que si alguien hubiese gritado ¡fuego!. Toda la base, que hasta hace diez segundos era un remanso de vagancia y relajación, estalla en un frenesí de actividad.

Mecánicos y pilotos corren de un lado para otro, prestos a cumplir sus tareas. Afortunadamente yo estoy en mi habitación, aunque llamar a esto habitación es un demasiado benevolente. Abro mi taquilla y saco mi traje de vuelo. Un uniforme gris, con algunas banderas medio borradas y unas insignias de rango que a nadie interesan. Eran del antiguo propietario.

Sacudo la ceniza gris que se acumula sobre él y me maravillo una vez más de la cantidad de esa mierda que se puede acumular en tan sólo dos horas.

Me visto mientras por los altavoces una voz femenina reemplaza el sonido de la alarma antiaerea. Da información sobre lo que se nos viene encima. Las cosas no pintan nada bien, pero no hay tiempo para un briefing. La misión esta vez es sencilla: salir y derribarlos. Oigo las primeras explosiones lejanas, están empezando a bombardear la pista 3. Que cabrones, pienso mientras cojo el casco y corro hacia el punto de despegue, donde me está esperando mi avión, preparado y cargado.

Wayne, mi mecánico me dice que son muchos, quizás cincuenta. En todo caso demasiado para los trece aviones que nos quedan. Trece aviones, diez de los cuales pilotados por novatos como yo, alistados por desesperación. Los restos de la fuerza aérea. Afortunadamente, me digo, hay combustible y munición para todos. Hay como para abastecer a una unidad operativa de 70 cazas. Sonrío dentro de mi casco cerrado y entro en la cabina.

Conecto los tubos del traje de presión en sus enchufes correspondientes y el casco al depósito de oxígeno. Aprieto el botón de encendido y dos potentes motores rugen con un aullido capaz de dejar sordo instantáneamente a cualquiera lo suficientemente estúpido como para no llevar protección. Al instante, todas las pantallas de la cabina se han iluminado. Estoy demasiado bajo como para que el radar detecte algo, pero no importa. Recibo la señal de radar de la central. Durante los tres segundos que está operativo antes de ser destruido por una bomba, muestra al menos ochenta cazas v-8, modelo Chino. Fabricados por Arsenal Norinko. Esta vez nos han jodido.

Pido y recibo autorización para el despegue. Empiezo a avanzar después de ver a Wayne sosteniendo las cintas rojas que indican todos los sistemas revisados. Me señala hacia arriba con el pulgar indicándome que todo está bien. Al pasar por su lado creo distinguir lágrimas en sus ojos. No me inmuto. He derramado tantas lágrimas en esta maldita guerra que ya no me quedan.

Me sitúo en la cabecera de la pista, el que iba delante mio ya está en el aire. Acelero a fondo con la palanca bajo mi mano izquierda y conecto la post-combustión. La tremenda fuerza de empuje necesaria para hacer volar veintidós toneladas de metal me pega contra el respaldo del asiento de kevlar. Segundos después estoy en el aire, y el terreno gris y baldío se extiende en todas las direcciones. Incluso puedo ver el mar, agua sucia en la lejanía. No refleja ese absurdo remedo de sol que ya no calienta. Sólo refleja tristeza.

Mi radar empieza a funcionar y cuenta blancos a la misma velocidad a la que van apareciendo en mi campo visual, conforme me acerco a ellos. Vaya una casualidad. Cuenta 147 enemigos en el aire, 7 amigos y uno despegando. Veo una explosión y un avión entra en barrena. Oigo el alarido aterrorizado de Rojo Dos en la radio. Me caía bien Rojo Dos. Recuerdo su cara. Dieciocho años recién cumplidos, pelo pajizo. Unas pecas que hacían suspirar a las chicas.

De repente, una revelación. Sé que voy a morir ahi arriba. Me quedan dos mil pies y subiendo. Pienso en todo lo que poseí en un tiempo. Una familia feliz. Una novia que me quería. Íbamos a casarnos. Una carrera universitaria. Una vida por delante. Pero a alguien se le ocurrió la excelente idea de declararnos la guerra. ¿Por que? Ya no lo sé. Tanta propaganda política me ha saturado. Probablemente fuera porque a alguna multinacional le interesaba. Yo que sé.

Ya puedo distinguir las marcas en las colas de los aviones. Miro la foto de mi adorada hermana, muerta entre horribles dolores provocados por la radioactividad del ambiente, y juro que no gritaré cuando me llegue el momento. Seis enemigos me han visto. Giran hacia mi en una maniobra envolvente. El detector de amenazas pita en mis oídos. Lo apago con desidia y trato de apuntar al que tengo delante. Veo tres estelas. Esos son misiles de carga ligera Sidewinder. Muy rápidos. No se me ocurre una maniobra evasiva.

El suelo está muy cerca. Las cenizas de una nación siguen ahí. Sigo sin saber el porqué de la guerra.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha gustado amigo, como alucinas...

Salu2

Mikele dijo...

Esto sería, en mi opinión, un excelente comienzo para una novela. Si te animas a escribir el resto házmelo saber.

Zhalim dijo...

Jejeje Mikele, en realidad es el excelente final para una novela, a no ser que sea algo sobre espíritus.

De todas maneras, estoy escribiendo más cosas, que quizás puedan compilarse en una especie de novela, todo llegará, pero no dudes que avisare ;)

Mikele dijo...

Sí, yo lo veía cómo empezar por el final. Un capítulo zero, a partir del qual se hace un "flashback" para contar todos los acontecimientos anteriores. Bueno es sólo una idea, no te lo tomes mucho en serio.

Víctor Terrón dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Zhalim dijo...

Pues no, no me importa. De hecho me halaga :-)

Todos mis comentarios son Creative Commons y pueden ser usados conforme a la licencia que pone por ahí abajo, pero gracias por avisarme :-)